Hoy me subí por tercera vez en mi vida al Metropolitano. La estación Javier Prado fue el lugar de origen de mi viaje, el mismo que iba a culminar en la Estación Naranjal. Mi escasa experiencia por esos lugares me llevó a subirme, de regreso a casa, a una combi que me llevaría hasta el cruce de la avenida Carlos Izaguirre con la Panameriacana Norte. Descendí del carro; un libro de periodismo ocupaba una de mis manos, mientras que la otra yacía en mi bolsillo derecho. De pronto, siento que una persona de dudosa procedencia aparecía de forma inadvertida detrás mío y comenzaba a perseguirme. No lo dudé en ningún momento y empecé a mirarlo de reojo. Fue entonces que, antes de cruzar la pista, el tipo trató de cogotearme y estiró su brazo rodeando mi cuello. Me percaté de la acción y gracias a mis reflejos, logré hacerme para atrás provocando que el tipo sólo me propine un pequeño golpe en pecho. De un momento a otro, lo tenía al sujeto del brazo. En ese instante que le apliqué un codazo en las costillas, el ladrón me cogió del antebrazo y ambos caímos al piso, ante la mirada atónita de la gente. Mi agilidad permitió que me levante de forma inmediata. Ya parado, esperaba que alguien se meta a ayudarme, pero no, todos miraban sorprendidos cuán espectáculo circense. Sin más remedio, atiné a aplicarle un puntapié en las costillas y como si no existiera nadie corrí sin saber mi rumbo. El villano se quedó postrado en el frío piso del cono norteño. Todo ocurrió en cuestión de segundos. Posteriormente, me subí a un bus de servicio público que me llevó por lugares que no conocía. Mi cuerpo temblaba, mis manos sudaban y mi corazón palpitaba a mil por horas. Llegué a un lugar conocido: La avenida Alfonso Ugarte, me bajé y pude llegar, luego de un par de horas, a mi casa luego de una travesía algo extrovertida. Estoy sano, salvo y completo. Me pasó a mí, te puede pasar a ti, le puede pasar a tu hermana, primo o tía. Le puede pasar a cualquiera.